Actualidad

Viajar por amor al prójimo

23/08/2013
Las vacaciones solidarias ganan adeptos. Quien las vive recibe mucho más de lo que da. Permiten conocer las tripas de países en los que la vida no es fácil y mirar al mundo de otra manera. “Todos deberían vivir esta experiencia”.

Es un fenómeno en alza. Hacer de las vacaciones un disfrute solidario es cada vez más común en España. Permite conocer el mundo de una forma diferente, sin hoteles ni guías turísticos mediante, aporte una recompensa impagable y una experiencia única. Muchas oenegés lo saben y por esa razón ofertan estos viajes a destinos como Kenia, Perú, Haití o Nicaragua. E incluso muchas empresas –como La Caixa o Telefónica- facilitan que sus empleados puedan ser partícipes de experiencias de este tipo. Lo dicho está abierto a todo tipo de personas, con independencia de cuál sea su oficio, pero también hay propuestas como las Fundación para el Desarrollo de la Enfermería (Fuden) que traslada a profesionales a países que lo necesitan o centros médicos, como el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega, que cada año desplaza a sus profesionales a operar a países como Camboya.

Las propuestas son cada vez más atractivas. La Alianza por la Solidaridad, sin ir más lejos, seleccionó este año a voluntarios para trabajar en Bolivia en actividades de formación a jóvenes y mujeres, en Ecuador, para apoyar a comunidades indígenas, en Haití, Nicaragua… Cualquiera puede optar al vieja, que eso sí, ha de pagarse el cooperante de su propio bolsillo. Lo mimo sucede en el caso de la oenegé Afrikable, que oferta viajes a Kenia de un mes de mayo a diciembre por unos seiscientos euros. Ese precio cubre el 70% de los gastos de alojamiento del viajero, que ha de pagarse aparte el peaje y los seguros médicos. El 30% restante lo destinan a sus propios proyectos de desarrollo infantil y comedor.

Quienes han vivido algunas de estas experiencias –hay muchísimas más- las recomiendan sin pensarlo ni una décima de segundo. La enfermera Rosa López, el oftalmólogo Javier Fernández-Vega y la trabajadora de La Caixa Lorena Álvarez nos narran sus vacaciones solidarias.

Javier Fernández-Vega

Camboya

Hace ya un lustro que la Fundación Fernández-Vega acude a Battambang para tratar afecciones oculares en una población castigada por la pobreza y un pasado en guerra del que todavía no se ha recuperado. Allí, a los dominios de Kike Figaredo con cuya misión colabora la fundación, se desplazó el pasado año el oftalmólogo Javier Fernández-Vega, de 49 años, que volvió a Oviedo agotado pero feliz. “La verdad es que de vacaciones es poco, es meternos pacientes desde que sale el sol hasta que se pone, es pasar consulta sin parar”, detalla. Pero el esfuerzo compensa por muchas razones y en diferentes planos: el personal, el profesional y el cultural. Vamos por partes. “Como cultura, no conocía Camboya, ni ningún país de esta zona, y me pareció increíble”, dice. Como persona se llevó un sinfín de lecciones de una gente alegre, pobre y con una capacidad de reconciliación, perdón y de superación impresionante. “De allí me llevé la amabilidad, la falta de revanchismo de los que vivieron el horror de los jemeres rojos, esa alegría espiritual que se contagia”. Son seres capaces de plantar cara a la adversidad con una sonrisa amplísima.

Todo lo dicho queda grabado a fuego en la retina. Lo sabe bien el oftalmólogo, que también extrae enseñanzas importantes en el capítulo profesional. La cirugía de campaña es una auténtica universidad. Y es que, detalla Fernández-Vega, Camboya da la oportunidad de ver enfermedades ya erradicadas en países desarrollados como España. Se tratan, por ejemplo casos de cataratas hipermaduras y alteraciones muy graves de córnea causadas por la luz del sol que son imposibles de detectar en España y que solo se conocen ya a través de los libros. Si a eso se suma la necesidad de apañarse para hacer cirugías sencillas encima de una mesa, en un colegio o donde sea, la experiencia es más enriquecedora aún. Javier la recomienda sin dudar. Es más, ya tienen más proyectos en mente. Ahora mismo algunos de sus equipos están parados en la frontera camboyana rumbo a Battambang y están pensando en habilitar quirófanos de un hospital traumatológico italiano para poder llevar a cabo operaciones más complejas. El trabajo continúa este mismo año.

Lorena Álvarez

Nicaragua y Bolivia

Lorena Álvarez es gijonesa, tiene 35 años y trabaja en una oficina de La Caixa en Avilés. Miembro de la asociación de voluntarios de Asturias de la entidad, hace un par de años descubrió las vacaciones solidarias que propicia el banco a sus empleados. Su obra social financia a distintas organizaciones gubernamentales a las que aporta, además de efectivo, voluntarios, algunos de ellos trabajadores de la entidad. Ese es su caso. Hace un par de años viajó a San Miguelito, un pequeño pueblo del departamento nicaragüense de Río San Juan, para colaborar con la oenegé Desos Opción Solidaria en la gestión de microcréditos de entre 500 a 3000 dólares para la población local. Ella ejerció de asesora con esa población excluida por completo del sistema financiero tradicional. La organización trabaja también en otros frentes, como una cooperativa agrícola y en la recogida de información sobre las necesidades de la zona. Le gustó tanto que el año pasado repitió.

“La experiencia es impresionante, a mí personalmente me cambió la forma de ver la vida en muchos aspectos”, dice. Y añade que “aporta mucho más que el esfuerzo que pueda suponer”. Y es que el ángulo de visión se transforma de forma radical: “Aprendes a valorar todo lo que tienes. Aquí damos por sentadas muchas cosas, yo nunca he tenido problemas para comer, para estudiar, para vestirme, son cosas que las das como básicas, que se dan por hecho, como la sanidad, o las carreteras… Y no sabemos lo que tenemos realmente…”.

Tras dos años en Guatemala, el año que viene cambia de destino. El próximo 30 de agosto vuela junto Amalia, una compañera de Pravia, rumbo a Bolivia. Allí trabajarán en un proyecto de una oenegé valenciana que busca optimizar y darle una gestión más profesional a una cooperativa que fabrica mermelada en el parque nacional de Toro Toro.

Rosa Valdés

Nicaragua, Republica Dominicana  y Santo Tomé y Príncipe

Siempre quiso hacerlo, coger la maleta e irse a trabajar lejos por el amor al prójimo, pero a veces la vida marca su ritmo y esta enfermera ovetense que ya ha cumplido los 54 años tuvo que esperar a que sus hijas crecieran para vivir la experiencia. Fue hace diez años, con sus padres fallecidos, y las chicas con 20 y 13 años cumplidos, cuando se decidió a contactar con Fuden y hacer realidad su sueño. Hizo un pequeño curso de formación en Cuenca, descubrió que aquello le gustaba y, con el respaldo de su marido, se marcho de vacaciones solidarias a Nicaragua. “El trabajo allí tanto a nivel profesional como personal me encantó”, avanza Rosa Valdés, quien relata cómo aquella primera vez fue especialmente impactante. “Ves algo muy distinto a nuestra sanidad. Puedes haber viajado allí, pero no ves la realidad cuando estás de vacaciones y de esta forma te metes en las tripitas”. Ella trabajó en centros de salud y hospitales y visitó poblados por distintas razones, desde poner vacunas a realizar esa tarea de animar a personas que jamás han pisado la consulta de un médico a recabar su ayuda si es necesario. “Trabajamos mucho sobre el terreno y fue muy interesante”, explica Rosa Valdés. ¿Qué les dijo a sus hijas de regreso a casa? “Que somos unos superprivilegiados y que la sanidad que tenemos no es que sea un lujo, es que es un superlujo”. También concluyó que hay que poner freno al derroche. “Vine muy sensibilizada con el despilfarro, aquí de pronto te cae una gotita de sangre y coges un montón de gasas para limpiarlo, y resulta que allí es que ni siquiera hay gasas”. Dicho lo cual, su chip en el trabajo y en la vida cambió.

Y repitió. Se fue a la República Dominicana a trabajar a los bateyes, comunidades rurales de población haitiana establecida alrededor de la industria de la caña de azúcar. Fueron mano de obra barata y siempre estuvieron relegados y sin acceso a la medicina. Allí Fuden puso en marcha un programa para instalar letrinas, agua potable, y propiciar su acceso a centros de salud.

Hace cinco años realizó su último viaje solidario. El destino fue África, Santo Tomé y Príncipe. De nuevo, la vida le pone trabas para que pueda seguir poniendo su “granito de arena” por un mundo mejor. Pero, aunque ella ahora no pueda por razones familiares, anima a otros a hacerlo: “Es muy gratificante, te ayuda a poner las cosas en su sitio, yo creo que todo el mundo debería vivir esta experiencia.”

 

“No puedes cambiar el mundo pero sí hacer a alguien feliz”

Jenaro Fueyo empezó yendo a Guatemala de vacaciones, hoy vive allí la mitad del año y la otra busca aquí voluntarios para su colegio de Alotenango. Basta con querer ir.

Eran sus vacaciones de verano y eran unas vacaciones diferentes, las primeras en las que iba a hacer las maletas sin prisas y billete de vuelta, asturiano de Aller y catedrático de Inglés del Instituto Aramo hasta aquel verano, el de 2010, buscaba un destino diferente, un lugar en el que poder seguir siendo útil”. Al mismo tiempo, huía de eso que él llama “multinacionales de la ong”. Quería ayudar, sí, pero en un proyecto pequeño, en el que pudiese ver los frutos de su trabajo directamente, sin intermediarios. La más pura de las casualidades le llevó a La Antigua, la vieja capital de Guatemala, y de allí al pueblo de Alotenango, poco más que un conglomerado de chabolas de apenas 20 kilómetros de una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Y no volvió. O sí, pero sólo para pasar sus vacaciones y  para “reclutar” a nuevos voluntarios para el colegio en el que pasa casi todo el curso escolar, de enero a junio. “Podría haber sido cualquier parte, pero fui allí”, relata Jenaro mientras se confiesa “enganchado” a la que ya es como su familia. Porque Jenaro tiene 400 hijos, tantos como alumnos tiene el colegio Bendición de Dios, un proyecto aconfesional pese a su nombre, que no depende más que de aportaciones. Con el centro ya colaboran  un buen número de asturianos: algunos pasando allí sus vacaciones, otros tienen apadrinados pequeños, la única manera de que el colegio sobreviva, puesto que ha optado por no recibir ayudas del Gobierno. “Lo primero porque es prácticamente imposible que te las den, y lo segundo porque jamás te las dan sin nada a cambio”, cuenta Jenaro.

Él, que allí es el profe Jenaro, y lo mismo enseña Matemáticas que Lengua que visita las casas (la mayoría no llegan a poder considerarse “casas”) de sus alumnos para ayudar también a sus familias, está ahora en Oviedo, donde reside el resto del año y donde trata de seguir consiguiendo apoyos para su causa. Sabe de antemano que es una causa perdida, tiene muy claro que “no vamos a cambiar el mundo”, pero también sabe, porque lo ha visto y lo ha sentido, que “podemos hacer feliz a alguien”. Que un niño, uno solo, pase de cortar café para sobrevivir a la universidad es para Jenaro más que suficiente. Y si no llega pero tiene cada día algo que llevarse a la boca y la oportunidad de aprender a leer y escribir también.

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